martes, 17 de febrero de 2009

La zorra y la zanahoria




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"Si usted come tres zanahorias cada mañana, a la semana podrá ver un conejo aunque esté a 300 metros; y si usted sigue comiendo zanahorias durante otras 3 semanas, al mes siguiente podrá ver un conejo a 3 kilómetros de distancia."
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La radio estaba encendida y la zorra la estaba escuchando. Como el programa estaba auspiciado por el Mercado Central, entre canción y canción, se pasaba un aviso que insistía con el consumo diario de zanahorias y otras verduras que tenían la virtud de mejorar notablemente la vista.
Daba la casualidad que la radio que trasmitía era una de las pocas radios privadas que quedaba con vida y como las casualidades no vienen solas, el Mercado Central de Verduras era el único y era el oficial, por ende, la publicidad que pactaba con los medios era más oficial que nunca. Pero aquí no termina la cadena de casualidades oficiales, la radioescucha era la Presidenta de la República de las Zorras y como tal no aceptó la recomendación del aviso por más oficial que fuera y a la primera oportunidad y haciendo uso de la cadena oficial declaró:
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-Que las zanahorias se la coman los conejos; nosotras las zorras nos valemos más de nuestro buen olfato que de nuestra vista.-
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La próxima vez que ella escuchó el mismo aviso, insultó al radio receptor y no sólo lo trató de papagayo sino que mandó a clausurar la radioemisora. Ya con la radio apagada para siempre la zorra salió a cazar. Era época de elecciones.
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Otro día su excelencia la presidenta de las zorras, luego de ser reelecta -ya que la maquinaria de la fraudulencia había funcionado a las mil maravillas- la zorra fue invitada oficialmente a Australia. Cómodamente instalada en el mejor hotel de Sidney, se puso a mirar TV después de un acto protocolar. Como la mayoría de los programas televisivos, el que estaba mirando la zorra también era deplorable; no obstante, un aviso comercial supo captar su atención. La propaganda muy bien hecha -que casi siempre era lo que los televidentes seguían con mayor atención- sugería que para mejorar el estado atlético no había nada mejor que comer muchas zanahorias. La zorra que sabía muy bien que todo lo que se dice por radio o TV provoca una idea contraria, no tomó en cuenta el consejo.
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-Que las zanahorias se la coman los canguros que tienen que vivir a los saltos; nosotras las zorras patagónicas nos valemos más de nuestra astucia que de nuestro estado atlético.-
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Esa fue la única declaración que la presidenta hizo a la prensa local cuando intentó entrevistarla en el aeropuerto australiano.
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La tercera vez que el tema zanahoria llegó hasta los vitales sentidos de la zorra fue cuando estaba haciendo una consulta en Internet. Esta vez la presidenta fue conmovida por un descubrimiento científico argentino: "Cualquier mamífero terrestre que tome la precaución de comer siete zanahorías cada día puede prolongar su vida un siglo o dos."
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Esta vez la zorra presidencial que tenía planes políticos a largo plazo se tentó por la publicidad, se trataba de una longevidad asegurada por la zanahoria, una verdura sana, buena y económica.
Ni lerda ni perezosa la zorra comenzó a consumir zanahorias mañana, tarde y noche, pero a la semana tuvo una descompostura de vientre que la obligó a renunciar a su dieta basada en el Beta caroteno.
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-Que las zanahorias se la coman las tortugas, a quienes les gusta vivir más de un siglo y sin preocuparse de las arrugas.-
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Y padeciendo una gastroenteritis galopante siguió despotricando contra las zanahorias y contra los avisos radiales, propagandas televisivas y los spams de Internet. Camino hacia su residencia presidencial, la zorra seguía en ese reparto de anatemas e imprecaciones cuando sin darse cuenta pisó una trampa que estaba muy bien disimulada. El poder había vuelto a la zorra bastante soberbia, por ende, se ufanaba de andar de aquí para allá sin guardaespaldas. Por esa razón cuando estuvo presa en la trampa y ya no se pudo mover ni gobernar, a los pocos días y abandonada de todo poder y gloria, murió como una zorra cualquiera.
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El alma de la zorra sabía que por ser una zorra política tenía que ir al infierno, pero como era muy zorra igual le fue a golpear la puerta a San Pedro. Mientras llamaba lo hacía al compás de la conocida canción "Knock knock knock on the Heaven door". Mientras canturreaba y golpeba, le pareció algo extraño que la puerta estuviera caliente. Al fin la pesada y caliente puerta se abrió y detrás de una bocanada de vapor apareció el santo de las llaves que no sólo no la dejó entrar para que gozara de una vida eterna con pájaros y ángeles celestiales, sino que comenzó a leerle una larga lista de pecados por ella cometidos:
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-Adulteración de las estadísticas oficiales, como el vil manipuleo de las cifras de inflación, de desempleo y de otros indicadores económicos.
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-Malversación de fondos públicos para la compra de costosos vestuarios de alta costura, de opulentas joyas y relojes, más la adquisición de valijas y equipajes de la marca Louis Vuitton, con el consabido derroche del erario de la nación en viajes, fiestas y banquetes, delito agravado por el incontrolado dispendio en perfumes y champagnes franceces producidos y comercializados por el mismo holding de las carteras (LVMH Möet Hennessy).
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-Incumplimiento de los deberes de funcionaria pública, ya que en lugar de atender los más urgentes problemas de la república, había puesto todo su tiempo al mezquino servicio de su persona física, perdiendo valiosas jornadas de trabajo e insumos hospitalarios en cirujanos plásticos, operaciones estéticas con aplicaciones de colágeno, inoculaciones de botox y costosas rehabilitaciones en saunas lujuriosos a cargo del Estado.
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Etc. etc. etc.
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No fue del agrado del alma de la zorra presidencial escuchar tales acusaciones y se mandó a mudar. Cuando llegó al domicilio del infierno y tocó la puerta donde van los pecadores, observó que estaba sumamente fría, tanto que de ella se desprendía un vaho polar gélido y mortecino. Golpeó una vez más la puerta de las tinieblas y ésta se abrió lentamente. Grande fue la sorpresa de la zorra cuando Lucifer la recibió. El diablo, cubierto con un largo abrigo de zorro patagónico, la estaba esperando comiendo una zanahoria.
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Moraleja: Tarde o temprano todos caemos en alguna trampa publicitaria, pero a partir de ahora, ya sabemos quien es el que maneja la publicidad.